Ella sabía que jamás podría ser princesa; y menos aún de su cuento de hadas. Amaba a un príncipe encantado, pero como toda plebeya, no era suficiente para él.
Se celebraban bailes continuamente en palacio, en los que el príncipe encantaba a verdaderas princesas. Ella sólo miraba, lloraba y huía, cuál cenicienta, pero sin calabaza y con deportivas.
Se miraba al espejo y se veía imperfecta, no había ratoncitos que la hicieran más bella... No tenía sirvientes, hermanastras, ni madres postizas. Sólo tenía la esperanza que la sangre de su príncipe encantado un día dejase de ser azul.
Ella no era princesa, no... Ni jamás lo sería. Tenía un corazón que soportaba todo por su amado prícipe encantado, aunque sus ojos no pudieran hacerlo. Las palabras mágicas salieron de su boca hace más de una eternidad; y los mares que inundaban sus ojos, trataban de brotar a solas.
Aquella no-princesa sólo sabía soñar, y esperar llegar a lo inalcanzable.
Hace mucho, mucho tiempo, aquel príncipe solía quererla; no como su princesa, pero sí como si de una persona más en su realeza se tratase. Pero un día pasó algo, y ella dejó de quererle como él... para comenzar a amarle. El príncipe era la persona perfecta, con la que llevaba soñando toda su vida; le había tenido durante siglos delante de ella... y no supo verlo antes.
Ese mismo día el príncipe encantado se subió a un árbol... y no quiso bajar nunca más. Decía que no quería caerse. Pese a todo, ella intentó ofrecerle su todo, hasta su vida... Sólo quería que bajase para que intentara verlo todo a través de sus ojos; para que viera que no siempre tiene porqué existir un villano en un cuento de hadas... Y si lo había, ella protegería a su príncipe encantado por encima de todo, aunque él nunca fuera suyo.
Durante toda esa eternidad, ella visitaba a su príncipe del árbol a diario; esperando que algún día estuviera en pie, ileso, esperándola. Nunca pasó... Al igual que ella no era princesa, y jamás lo sería.
El príncipe encantado pasó a ser el príncipe del árbol; y el corazón de la no-princesa, con cada palabra que le dirigía él, hacía que brotaran océanos de dolor de sus ojos.
Pero al día siguiente, aquella no-princesa volvía al pie del árbol... Siempre lo hacía; y siempre se quedaba sola, sin el príncipe, e inundando todo a su paso.
A veces se subía al árbol con él, pero ella siempre volvía a poner los pies en el suelo. Sabía que la vida no se puede vivir sobre un árbol eternamente... Y ya había pasado una eternidad, pero quería tener la oportunidad de vivirla en tierra firme; y sólo el príncipe encantado había conseguido... hace mucho, mucho tiempo, que la no-princesa quisiera emprender el camino desde lo alto del pino donde vivía hasta su propio suelo.
Y aquella no-princesa que jamás lo sería, sólo quería que el príncipe volviera a ser encantado y le creyera... Y cogiera por fin el todo que ella le ofrecía... y decidiera intentar bajar al suelo con ella.
Han pasado ya muchas eternidades... y la no-princesa sigue amando a su príncipe, ya no del árbol; puesto que ahora todo el reino está inundado de los océanos que brotaron de los ojos de aquella plebeya, y su príncipe se convirtió en rana... Pero cada día, la no-princesa que jamás lo sería, surca todo ese océano de dolor para ver a su príncipe rana, e intentar que quiera bajar del árbol.
*ángel caído*
Se celebraban bailes continuamente en palacio, en los que el príncipe encantaba a verdaderas princesas. Ella sólo miraba, lloraba y huía, cuál cenicienta, pero sin calabaza y con deportivas.
Se miraba al espejo y se veía imperfecta, no había ratoncitos que la hicieran más bella... No tenía sirvientes, hermanastras, ni madres postizas. Sólo tenía la esperanza que la sangre de su príncipe encantado un día dejase de ser azul.
Ella no era princesa, no... Ni jamás lo sería. Tenía un corazón que soportaba todo por su amado prícipe encantado, aunque sus ojos no pudieran hacerlo. Las palabras mágicas salieron de su boca hace más de una eternidad; y los mares que inundaban sus ojos, trataban de brotar a solas.
Aquella no-princesa sólo sabía soñar, y esperar llegar a lo inalcanzable.
Hace mucho, mucho tiempo, aquel príncipe solía quererla; no como su princesa, pero sí como si de una persona más en su realeza se tratase. Pero un día pasó algo, y ella dejó de quererle como él... para comenzar a amarle. El príncipe era la persona perfecta, con la que llevaba soñando toda su vida; le había tenido durante siglos delante de ella... y no supo verlo antes.
Ese mismo día el príncipe encantado se subió a un árbol... y no quiso bajar nunca más. Decía que no quería caerse. Pese a todo, ella intentó ofrecerle su todo, hasta su vida... Sólo quería que bajase para que intentara verlo todo a través de sus ojos; para que viera que no siempre tiene porqué existir un villano en un cuento de hadas... Y si lo había, ella protegería a su príncipe encantado por encima de todo, aunque él nunca fuera suyo.
Durante toda esa eternidad, ella visitaba a su príncipe del árbol a diario; esperando que algún día estuviera en pie, ileso, esperándola. Nunca pasó... Al igual que ella no era princesa, y jamás lo sería.
El príncipe encantado pasó a ser el príncipe del árbol; y el corazón de la no-princesa, con cada palabra que le dirigía él, hacía que brotaran océanos de dolor de sus ojos.
Pero al día siguiente, aquella no-princesa volvía al pie del árbol... Siempre lo hacía; y siempre se quedaba sola, sin el príncipe, e inundando todo a su paso.
A veces se subía al árbol con él, pero ella siempre volvía a poner los pies en el suelo. Sabía que la vida no se puede vivir sobre un árbol eternamente... Y ya había pasado una eternidad, pero quería tener la oportunidad de vivirla en tierra firme; y sólo el príncipe encantado había conseguido... hace mucho, mucho tiempo, que la no-princesa quisiera emprender el camino desde lo alto del pino donde vivía hasta su propio suelo.
Y aquella no-princesa que jamás lo sería, sólo quería que el príncipe volviera a ser encantado y le creyera... Y cogiera por fin el todo que ella le ofrecía... y decidiera intentar bajar al suelo con ella.
Han pasado ya muchas eternidades... y la no-princesa sigue amando a su príncipe, ya no del árbol; puesto que ahora todo el reino está inundado de los océanos que brotaron de los ojos de aquella plebeya, y su príncipe se convirtió en rana... Pero cada día, la no-princesa que jamás lo sería, surca todo ese océano de dolor para ver a su príncipe rana, e intentar que quiera bajar del árbol.
*ángel caído*
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